Publico ahora un relato antiguo,que es uno de los que mas orgulloso me siento de haber escrito, sobre todo cuando lo vi copiado en un foro donde estaba antes, tomado como si fuera un relato original de un soldado aleman. No, no es tan bueno, mas bien creo que el que lo puso no tenia demasiada idea de lo que fue aquello.. Decir que este relato me lo inspiro una escena de unos 10 minutos de la pelicula Enemigo a las puertas que vi en casa de un amigo, que me impacto.
Carta de un soldado en Stalingrado
……….Las llamas del infierno parecían haberse hecho dueñas de la ciudad. Pero el sonido peculiar que se escuchara momentos antes de su aparición no dejaba lugar a duda, los órganos de Stalin estaban dando otro de sus letales conciertos. Sven miro atrás, hacia los restos de lo que minutos antes era su compañía. Allí yacían ,en sangriento desorden, varios semiorugas, un P-III y docenas de cadáveres de los que eran sus compañeros. Aunque sin duda otros ni siquiera eran visibles como tales, pues, dispersos, se reconocían los restos de piernas y brazos, e incluso de una blanca mano sujetando aun el máuser. Solo el, yo, Klaus, el pequeño Nicholas y el sargento Von Brauswitch permanecíamos con vida en medio de este caos, aunque de hecho el sargento parecía mas cerca del otro lado, con su brazo derecho volatilizado y un agujero en su costado del tamaño de un puño. Era al mismo tiempo asombroso y aterrador ver como un hombre podía permanecer vivo en ese estado, vivo y consciente. Y ahí estábamos los cinco, inmóviles, cubiertos de polvo y sangre, esperando a que los Ivanes se acercaran para terminar su obra. Y buen trabajo por cierto el suyo, habían aprendido mucho desde que al principio de la campaña los capturábamos a centenares de miles, en bolsas de las que salían sin calzado, comida o armas. Ahora las cosas eran muy distintas. Conocedores del trato que le esperaba si caían en nuestras manos, y dentro de su elemento, como era este maldito y helado clima, preferían morir antes que dejarse capturar. Y claro que morían , a centenares, a miles, pero no sin antes llevarse con ellos al infierno a muchos de nuestros camaradas. Todo iba de mal en peor, pero este asunto de Stalingrado se llevaba la palma. No solo detuvieron nuestro avance, a costa de destruir la ciudad hasta sus cimientos, sino que de las ruinas, de los sótanos, surgían como ratas enjambres de soldados soviéticos dispuestos a morir por el padrecito y su Madre Rusia. Era tal su tenacidad, que apenas a cien metros del frente, y en edificios en ruinas, aun seguían trabajando en las fábricas de armamento, de las que nacían armas que inmediatamente, sin otro intermedio, eran usadas contra nosotros.
De repente se oyó un pequeño chasquido. En tensión, sin dudar cual seria nuestro destino, con las armas en posición, intentábamos no respirar, a la espera de ver surgir a nuestros enemigos. Del montón de escombros que marcaba el punto donde se alzaba antes el Hotel Volga, los primeros rusos iniciaban con cautela el descenso. Con las bayonetas caladas en sus fusiles, iban clavándolas a las figuras inmóviles de nuestros compañeros. Un capitán dirigía la maniobra , con la sombra del comisario político, similar a un buitre, a su espalda. Entonces, a una señal del sargento con su único brazo, la MG 34 de Klaus inicio su letal melodía. Con cada uno de sus tableteos, una fila de Ivanes era barrida. Con nuestras metralletas y granadas contribuimos a la matanza. Pero su numero era muy superior, y nuestras posibilidades nulas. Una lluvia de granadas de morteros impacto sobre nuestro refugio, matando a Nicholas, esparciendo sus restos sobre nosotros. Mas tarde, la bala de un francotirador destrozo la cabeza de Sven. Klaus, Enloquecido, se levanto con la ametralladora y avanzo hacia las posiciones rusas. Una tras otra las balas los traspasaban, pero su colosal cuerpo no cayo a tierra hasta que una granada bien dirigida le dejo sin piernas. A mi una de las salvas de mortero me había dejado enterrado bajo una masa de ladrillos, cadáveres y otros restos, herido pero consciente. Así pude ver como nuestro sargento, tras terminar, inmóvil como estaba, con un par de soldados enemigos, terminaba siendo cortados en pedazos por las bayonetas soviéticas. Permanecí enterrado y oculto durante dos largos días, sediento y aterido de frio, hasta que un contraataque de nuestras fuerzas permitió que pudiera pedir ayuda. Ahora te escribo, mas para mi que para ti, pues se que esta carta jamás podría pasar el escrutinio de los censores, desde la cama de un hospital de campaña, bajo el constante fuego de artillería del enemigo, sin apenas nada que comer ni con que calentarnos. Tengo ahora una pierna menos, aparte de otros destrozos en mi cuerpo y mente, pero ya todo me es indiferente, pues se que voy a morir aquí. Solo pido al cielo que no permita que envié a Konrad aquí, a este averno en la tierra, donde los hombres son fieras y solo luchamos y matamos por nuestra propia existencia, sin ideologías, razas ni nada parecido. En realidad creo que los soldados de Stalingrado, rusos y alemanes, tenemos mas en común entre nosotros que con la gente que nos espera en nuestros hogares, ajenos al horror de esta guerra. Me despido de ti, madre, con la seguridad de que no te volveré a ver, deseando que alguna vez cese la carnicería y los jóvenes podamos ser de nuevo jóvenes y no asesinos o victimas.
Hospital de Campaña, Stalingrado, A 17 de Noviembre de 1942
Fragmento de una carta encontrada en el cadáver del Cabo de Panzergranadiers Karl Telemman, muerto en un ataque de artillería sobre el hospital donde estaba internado, el 12 de Diciembre de 1942.


El nombre recurrente de Sven, Stalingrado, los panzergrenadiere ... no sé, me he acordado de las novelas de Sven Hassel.
Pues es curioso, no las he leido, pero eso mismo me dijo una amiga...aunque tal vez el nombre de Sven si se lo cogi a el, insconscientemente.