Inmigración, esto es lo que hay
Resulta interesante observar como la democracia es capaz de alumbrar seres sensatos, civilizados y tan respetables como respetuosos con su prójimo, con la misma fertilidad con la que forja a perfectos estúpidos completamente inconscientes y alejados de toda realidad. Es más, y tal vez esto último lo mejor de todo, siendo incluso posible que tales virtudes y defectos afloren en un mismo ciudadano por partes iguales.
Esto se puede observar en innumerables ocasiones aunque, tal vez, ningún tema como el de la inmigración nos muestre tan a las claras las ventajas y desventajas que tenemos los hombres educados en libertad.
Y es que, el debate de la inmigración se presenta ante nuestros ojos, a diario y en todos los medios de comunicación, precisamente como eso, como un debate, en el que uno de los bandos, muy respetables ellos,
presentan todas las ventajas que nos aportan los inmigrantes, mientras los del otro bando (tal vez un poco menos respetables, aunque con el mismo derecho a ser oídos) confrontan esos innegables parabienes con
otros no menos innegables perjuicios anexos. Y ya tenemos dos opiniones, un tema y la libertad para debatir.
El problema, el gran problema, es que mientras debatimos, hablamos, charlamos, confrontamos opiniones y reconocemos la parte de verdad que siempre asiste a nuestro oponente, nos olvidamos de dos detalles,
ínfimos tal vez, pero capaces de mandar al traste el debate, la cortesía y el castillo de marfil en el que discutimos de una bonita y sencilla patada en el culo.
El primero es que, y por tonto que parezca a nadie parece habérsele ocurrido antes, no hablamos de ideas,de cifras o de teoremas sino de seres humanos. Seres humanos (tal vez debería decirlo entre exclamaciones a ver si le entra en la cabeza a algún sordo), a los
cuales, todo hay que decirlo, nuestros alejandrinos debates se la traen pelín floja. Seres humanos a los que les importan un bledo nuestras dudas, hablando en plata. Seres humanos que no se preocupan por como será la acogida que reciban, porque por mala que sea,siempre será mejor que lo que dejan atrás. O eso creen. Seres humanos, en fin, conscientes e independientes, a los que ni nuestros debates ni nuestras buenas palabras van a detener si juzgan que venir es lo que deben hacer.
Lo segundo, quizás lo más gracioso del tema, es que mientras debatimos, esos antedichos seres humanos están ya, ahora mismo, jugándose la vida por entrar y, además, están entrando a millares, o mejor dicho, a
por centenares de miles. Y no porque haya aquí un efecto llamada o allá un efecto disuasorio, sino porque se les ha metido en la cabeza que deben entrar y piensan entrar o morir en el intento. Es más, por
desgracia, muchos de ellos ya han muerto en el intento.
Con esto de la inmigración pasa, en resumen, algo parecido a lo que pasa con la guerra y que tan magistralmente resumió en una sola frase Trotsky:
“puede que a ti no te guste la guerra, pero a la guerra le gustas tú”. Pues eso, puede que no nos guste o sí la inmigración, pero es que, lo que es seguro, es que a los inmigrantes, nuestra opinión les importa un carajo, porque lo que quieren es vivir mejor. Oig, que poco demócratas son. Pues sí, cuando uno trata de sobrevivir, se deja la democracia para mejores tiempos.
En consecuencia, dejarnos de perder el tiempo en si son buenos o malos y empezar a pensar en cómo debemos tratarlos, asimilarlos, encajarlos y aceptarlos sería un buen punto de partida. Tardío, pero necesario.
Para empezar convendría antes que nada detenerse a conocer a los inmigrantes. No uno por uno, ya que cada es hijo de un padre y de una madre, sino como grupo.
Agrupándolos se pierde el detalle, es bien cierto, pero se aprenden muchas otras cosas. Y empezar por ver, por ejemplo, que no son ni mucho menos los muertos de hambre que algunos nos quieren presentar,
sino, para desgracia de sus países, sus miembros más preparados, los embriones necesarios de sus clases medias, ni los más ricos (que no vienen porque no lo necesitan), ni los más pobres, que, sencillamente, no
pueden venir.
Que un inmigrante haga de todo por cualquier sueldo no quiere decir que sea un muerto de hambre, y menos aún un zoquete. Sencillamente quiere decir que son gente que sabe que aquí puede vivir a la larga mucho mejor que en su país, por lo que, a la corta, cualquier
sacrificio les parecerá poco.
Otra cosa que convendría conocer es cuales son sus planes, sus objetivos. Resulta interesante para esto empezar por destrozar otro mito: el del “efecto llamada”. No hay ningún efecto llamada por tal política o tal otra. A España no viene más porque gobierne el PSOE, porque en Italia o Grecia no gobierna el PSOE y llegan un buen número también, tal vez no de senegales, pero sí de albaneses o búlgaros.
El único efecto llamada que vale es el que Europa, como EEUU, hace cada día y a todas horas: bienestar.
Aquí la clase media vive de maravilla, mientras en Senegal o Tanzania, si no tienen una guerra, viven mucho peor. Si no tienen una guerra.
Basta poner la televisión para ver a ciudadanos rollizos caminando risueños por las calles europeas.
Basta pensar que uno también quiere vivir así para dar el salto. Así de simple. Pensar que a la hora de pensar si se da el salto o no, el inmigrante sopesa si su presencia será beneficiosa o no para la nación que lo acoja es algo, como mínimo, tan disparatado, como suponerle un cerebro al cráneo de Arnaldo “el Gordo” Otegi.
Y su objetivo, una vez tomada la decisión, no es otro que prosperar. Y no necesariamente en su primer destino. No es España el sueño de todos, ni de muchos de ellos siquiera. Vienen a España porque entrar por Noruega les costaría un riñón saliendo de Senegal. Una vez dentro lo que buscan es el lugar donde mejor se viva, y si hablan su lengua, miel sobre hojuelas.
Francia y el Reino Unido son sus destinos más apetecibles. Alemania, Suiza y el Benelux no quedan a la zaga. Dejémonos pues de estupideces respecto a los efectos llamadas, que sirven para poco menos que nada.
¿Y qué podemos hacer nosotros?. Pues abrir los ojos, por ejemplo. Ver que ya están aquí, con sus ventajas e inconvenientes, tanto los que son buenos y trabajadores como los que son malos y perezosos (a lo sumo tan ponzoñosos como esas joyitas patrias que todos conocemos y padecemos). Llorar servirá de poco.
De hecho, nada. Lo que hay que hacer es integrarlos, ofrecerles puestos de trabajo, emplear su fuerza su voluntad en beneficio suyo y nuestro.
No todo va a ser rosas. Es evidente que no todos querrán integrarse, y encima están en su derecho. No todos los españoles quieren serlo y nadie se rasga las vestiduras. Si un musulmán quiere seguir comportándose en nuestro país como en Rabat, mientras no sea contra
la ley (el límite al respeto a la particularidad debe ser claro y, de hecho, lo es) tampoco puede suponernos ningún trauma. Ya veremos si sus hijos se comportan como él. Si encuentran igualdad y libertad es más que
improbable, si, por el contrario, solo ven rechazo, es más que seguro. ¿Será el único problema de nuestro tiempo éste del desarraigo?. Ojalá lo fuera y fuera eso lo peor a lo que hemos de enfrentarnos.
También se puede ver por el lado positivo. Imaginad a un batasuno o a un peneuvista convenciendo a su hija de que se case con Mikel Garikoitz y no con Andrés Miguel o con Ngwe. Imaginad a su hija comparando
polvos. Imaginad que risa la de la chiquilla. Imaginad un lehendakari mulato. Imaginad una alpaca orinándose en el árbol de Guernica. Anda que no vienen bien muchos de los cambios que la sangre nueva de los
inmigrantes nos traen a esta apolillada, decimonónica y carlistona España que aún lo es en muchas cosas. En los “nacionalismos” periféricos lo que más. Habladles de errehaches superiores a los hijos de Tupac Amaru.
Desde luego, lo que es seguro es que pensar que no pueden venir porque no hay trabajo para todos, ni casas, ni infraestructuras es tener una estrechez mental tan insultante como evidente. Donde no hay
trabajos, se crean, donde no hay casas, se construyen y donde no hay infraestructuras se levantan. El que viene a trabajar para vivir mejor, merece tener ese trabajo que le permita vivir mejor. Y el que venga a
delinquir, siempre tendrá esas maravillosas cárceles que pronto estarán vacías de los etarras que ahora las pueblan. Al tiempo.
Así que, amiguitos, abrid los ojos, porque seguir discutiendo sobre su conveniencia o no, cuando ya están aquí, es perder el tiempo. Por el contrario, ponerse manos a la obra y hacer nación junto con ellos, es nuestro deber. Como ciudadanos y como hermanos. Elegid democráticamente, queridos, aunque tened una cosa por segura, me temo que ellos ya han elegido por todos, y esto es lo que hay, guste o no
guste.

Yuste, admirado en la derrota


Mazo dijo
Plas plas plas!
Un aplauso maestro!
Cuanta razón hay en tu articulo!
24 Enero 2007 | 08:51 PM