Tras unos dias algo descolocado, vuelvo al tajo bloggil, pero no para escribir nada propio, sino para complacerme en anunciar que contamos a partir de ahora con un nuevo colaborador, el primero del otro lado del charco, de sangre peruana, oficio venezolano y corazon raptado por una hija de la madre patria. A partir de ahora, doy la bienvenida al ciudadano Pukel(que alternara escribir cosas con lo que verdaderamente sera su trabajo en el principado, barbero, sacamuelas y cocinero, que viva el pluriempleo).

Ale, os dejo con el.

LA UNIVERSIDAD DEL FUTURO
Elitismo, masificación y las perspectivas frente al Siglo XXI.

Publicado originalmente en el “El Carabobeño” de Valencia, Venezuela en Octubre de 1995.

Por Pukel

En el Siglo XXI el mundo seguirá indudablemente el derrotero tecnológico, económico y político que se está gestando hoy día, con la inevitable secuela de desequilibrios que se arrastran desde ahora. La desaparición de bloques políticamente antagónicos dará o mejor dicho ya está dando una feroz competencia en el contexto de la economía de mercado, con núcleos y periferias (o backyards según cierta óptica) y no hay perspectivas en términos de intercambio económico de una variación significativa en los primeros lustros del tercer milenio.

Políticamente, con el renovado auge de las formas democráticas de elección de gobernantes, se afianzarán sin duda importantes elementos de libre pensamiento y de pluralidad de ideas; pero también puede dar paso a la prédica demagógica, catalizada por la miseria, las desigualdades, las injusticias y la opresión de un pasado todavía reciente.

Así pues el Siglo XXI no será el siglo de la ilusión, al menos no lo será para los países subdesarrollados, el futuro será de austeridad y sacrificios, pero a su vez de llevar la semilla de la esperanza. Y la Universidad como institución tiene la obligación de convertirse en reducto de esa esperanza.

Pero, ¿Qué es la educación universitaria? Esto siempre ha sido motivo de polémica, con posiciones que van desde la concepción utilitarista destinada a obtener beneficios, sean científicos, tecnológicos o económicos; hasta enfoques neoaristotélicos que señalan que el objetivo fundamental es la sabiduría, definida como el conocimiento de principios y causas. William Osler ofrece uno de los enunciados más poéticos de lo que debe ser la Educación Superior:
“. . . Es el resultado de las complejas y variadas influencias del Arte, la Ciencia y la Caridad. Arte, el óptimo desarrollo que sobreviene solamente con el sostenido amor por los ideales que arden como espejos reflejando el fuego que todos anhelamos. Ciencia, cuya fría lógica mantiene la mente libre de las trabas del autoengaño y del conocimiento a medias. Caridad, para merecer transitar por el mundo en el cual vivimos y ser genuinamente nosotros mismos.”

El fundador de la Universidad de Dublín, el Cardenal Newman, complementa esta idea, enlazando la función de la educación superior con la sociedad circundante:
“Los estudios universitarios tienen por objeto elevar el tono intelectual de la sociedad, cultivando la mente pública, purificando la percepción del país, dando principios de verdad al entusiasmo popular y objetivos sólidos a las aspiraciones del pueblo, brindando consistencia y sobriedad a las ideas, facilitando el ejercicio del poder político y refinando los intercambios del trato interpersonal.”

Tal vez con esta perspectiva se aprecie que en los países latinoamericanos una tarea fundamental de la universidad es la formación de líderes. Pero no de líderes políticos sujetos al flujo y reflujo de los gobiernos de turno, ni mucho menos de los instigadores profesionales de una movilización social desordenada y anárquica. No. Los líderes que necesitan nuestros países deben ser capaces de motivar, organizar, y reforzar los ideales de la población. Deben ser líderes abiertos a la innovación y adaptables a la realidad cambiante, pero a su vez firmemente asentados en la tierra. Estos líderes deben ser profesionales honestos en las aulas, en los laboratorios, en las clínicas, en el cumplimiento de tareas y normas institucionales. Deben ser primeros en el ejemplo de probidad en cargos públicos y toma de decisiones, en la vida cotidiana. Líderes en suma, imbuidos en un sentimiento cuasi misionero, conscientes de la enormidad de las demandas de una sociedad en crisis y consecuentes con la responsabilidad de una tarea virtualmente sobrehumana.

Este perfil de la enseñanza universitaria sólo puede alcanzarse con una universidad elitista. No me refiero al elitismo que por razones de dinero, linaje u oportunidades mantiene una serie de privilegios injustos; no es el elitismo que en la estrecha acepción política de un mal entendido neoliberalismo se coloca tan cercano al concepto de despotismo ilustrado. Tampoco puede ser el elitismo seductor de la aristocracia parisina de la “belle epoque” ; ni mucho menos es el elitismo de los “nuevos bárbaros” de Ortega y Gasset: hombres de ciencia cada vez más informados, pero menos cultos.

Al hablar de élite, me refiero a lo que el psiquiatra Renato Alarcón define como “un subsistema dentro del sistema, cuyo funcionamiento se orienta al logro de objetivos, a la adaptación, integración y mantenimiento de patrones y al manejo de las tensiones de ese sistema”. En resumen, hablo del elitismo y de las élites como elementos claves en la articulación del consenso y en la materialización de los avances, no como círculos cerrados ni pergaminos inútiles.

La formación de verdaderos líderes catalizadores de la excelencia no puede, por propia definición de lo que es una élite, darse en contextos masificados. Desde mediados de la década de 1970, la presión popular obligó a la masificación de la educación superior, abandonando metas ambiciosas y proyectos de lenta maduración, para substituírlos con respuestas de apremio e improvisación.

Esto no significa que las aspiraciones populares no sean legítimas: El pueblo tiene derecho a acceder a la educación, a la salud, a la seguridad, al progreso, en suma al bienestar. Sin embargo es tremendamente contraproducente querer dar simultáneamente todo a todos, diluyendo esfuerzos y presupuestos. Obrando así sólo se consigue menos educación, salud, seguridad y progreso. Las medidas populistas pueden tener un sustento genuino, pero su implementación politizada, oportunista y demagógica fue de un carácter marcadamente populachero.

Así la educación superior se condenó a ser repetitiva, mecanicista, atrasada e incluso retrógrada. Se descuidaron los pilares de la formación universitaria: los cuadros docentes, la enseñanza y fundamentalmente la investigación.

Para conseguir una universidad formadora de líderes es de vital importancia tener una plana docente dedicada y competente. Virgilio Roel opina que “el principal agente de cambio es una élite esclarecida de maestros, que marchan a paso con los tiempos y que no hacen resistencia a la necesidad de replantear contínuamente objetivos, métodos y procedimientos académicos.”

La enseñanza en los claustros debe cuidarse prolijamente: Los currículos deben ser objeto de una revisión constante. Jamás se debe perder de vista que la adquisición de valores y actitudes por parte del estudiante es tan o más trascendente que la adquisición de conocimientos. También es importante que se sepa manejar la avalancha de información actualmente disponible y vincularla con las responsabilidades humanas, evitando caer en conductas automáticas y robotizadas.

Finalmente está la investigación. Nietzche dijo “si deseas alcanzar la paz de tu alma y el placer de tu cuerpo, entonces cree, pero investiga si deseas ser un devoto de la verdad”. Pero fue el notable antropólogo y filólogo George Boas quien expuso con la más diáfana claridad la gran importancia de la investigación:

“. . . Podemos llegar a un punto de tan total sumisión que no nos asombramos de nada. Este es el quietismo intelectual que resulta de la paz combinada con la ignorancia. Las mentes así sometidas no aprenderán mas que un modus vivendi. Los científicos, los filósofos, los artistas han sido siempre los insatisfechos, los críticos, los curiosos, aquellos inquietos que rehusaron aceptar aquel orden sólo aparente. . . Ellos son quienes confrontados con la diversidad buscan la homogeneidad; confrontados con la multiplicidad, buscan la unidad; confrontados con la probabilidad, buscan certeza. Pero todas estas búsquedas son por su propia naturaleza interminables y su continuación no lleva jamás al fin del acto de inquirir . . .”

Toda investigación es valiosa si sus premisas e hipótesis se plantean con claridad y si la recolección de datos se hace con método y honestidad. De los resultados de este proceso surgirán las propuestas más claras, las soluciones maduras y nuevas interrogantes que servirán de retroalimentadores.

Estos son los fundamentos de una verdadera élite universitaria. De estos fundamentos se nutrirán los alumnos que a su vez se convertirán en multiplicadores a lo largo de la sociedad. Posiblemente una universidad de estas características sea en un principio una isla o una voz aislada, pero tal como lo expuso Hardy “no vale la pena que una institución de primera pierda su tiempo expresando la opinión de la mayoría. Por definición hay muchas otras que pueden hacerlo”. Y es conveniente recordar que en tiempos confusos la muchedumbre mayoritaria se equivoca con suma frecuencia.

Una universidad así, creadora de líderes, rectora de opiniones, generadora de ideas y baluarte de esperanzas, no puede ser espejo de un país, debe ser luz para el país; pues el papel de la Universidad no se debe reducir a un rol selénico pasivo, sino que debe ser como el sol, una fuente vital de cambios.


¡Gentes libres en una tierra libre!