Hispanoamérica y la Civilización Occidental con ella, ha heredado de la Grecia clásica no sólo un quinto de sus raíces etimológicas, también heredó actitudes, las cuales pueden ser tan variadas como el inquieto espíritu heleno: desde el parco valor espartano; hasta la elocuencia ateniense tan irreverente y mordaz; pasando por la exaltación de la belleza física e intelectual, la curiosidad, la racionalidad y el rechazo apasionado, vehemente y visceral ante cualquier forma de tiranía que amenazase las libertades individuales o colectivas.
Luego de la invasión doria, la Hélade se fragmentó en multitud de ciudades-estado, las cuales adoptaron formas de gobierno variadas: Esparta fue una monarquía con dos reyes; oligarquías fueron la mayoría de ciudades del Peloponeso y Beocia; en cambio, Atenas (desde Clístines en adelante) fue una democracia. Sin embargo, tanto oligarquías como democracias eran gobiernos constitucionales y totalmente legítimos. Una tiranía en cambio, era fundamentalmente una autocracia, no tenía ningún fundamento legal o sagrado, siendo sostenida solo por la fuerza o las medidas populistas del tirano. Leonard Schapiro refiere que los griegos clásicos consideraban la tiranía como “una condición política excepcional, arbitraria, muy poco deseable y patológica” , y ciertamente no se equivocaban.
Los tiranos pueden ser individuos todopoderosos como Stalin, Hitler o Mao con toda la maquinaria estatal puesta a su servicio, con leyes cambiantes según las conveniencias del momento y capaces de controlar, incluso la moral privada; o como Mussolini, quien pese a su retórica y sus posturas, se mostró incapaz de controlar efectivamente la burocracia estatal, la fuerzas armadas y a su propio partido, lo que a la larga (pero luego de 3 años de guerra) determinó su caída.
Los tiranuelos son autócratas que intentan hacer viable un modelo totalitario, pero que por falta de medios, oportunidad o capacidad; sólo consiguen montar una farsa, incapaz de resolver las agudas necesidades de su país (independientemente este sea europeo, africano o latinoamericano) pero suficientemente nociva como para dejarlo devastado: la farsa puede hacer que el proceso autoritario (disfrazado por algún epíteto rimbombante: “revolución”, “proceso histórico”, ”transformación social”) sea inviable, pero capaz de mantener al tiranuelo muchos años en el poder.
Los tiranuelos son frecuentemente carismáticos, a menudo populistas, casi siempre incapaces. Hubo y hay muchos ejemplos: el primero que salta en mi memoria es Kwame Nkrumah tiranuelo de Ghana hasta 1966: fue un prócer del movimiento independentista, sí; pero una vez en gobierno, usurpó el poder, clausurando el legislativo y los tribunales, limitando severamente las libertades civiles. En su gobierno campeó a sus anchas la arbitrariedad y la corrupción administrativa, hubo juicios y ejecuciones sumarias por “traición”, se realizaron referendos fraudulentos para legitimar su despotismo y finalmente el culto a la persona de Nkrumah se institucionalizó. Sin embargo cuando no se tienen todos los resortes del poder, ni las poses, ni los discursos engañosos, los saqueos o la coacción terrorista son suficientes para mantener al tiranuelo en el poder: Nkrumah fue fácilmente derrocado por el ejército y la policía y cuando eso sucedió, nadie se puso a su lado.
Tiranuelo también es Saddam Hussein, quien llegó al poder en 1979, después de 10 años de intrigas subsecuentes al sangriento golpe de estado de 1968. Una vez en el poder, se hizo de todos los puestos claves de su partido, el Ba’ath y eliminó toda disensión interna y en la práctica Irak se convirtió en un país monopartidista. Bajo una fachada institucional, los poderes legislativo, judicial y electoral se encuentran totalmente sojuzgados, siendo abiertamente genuflexos. Indudablemente utilizó las riquezas petroleras de su país para crear infraestructura vial, sanitaria, industrial y educativa, esa enorme inversión carente de transparencia, degeneró en una corrupción escandalosa y en una mayor monopolización del poder. En su megalomanía, inició la Primera Guerra del Golfo (Irán-Irak) que duró ocho largos años, le costó 300 mil muertos a Irak (y más de un millón a Irán), millardos de dólares dilapidados y ningún beneficio concreto (de hecho, la línea fronteriza no se alteró ni un milímetro). Poco después invadió Kuwait y desencadenó otra guerra con todas las consecuencias que conocemos: una humillante derrota militar, la destrucción de la red vial e industrial, un embargo que dura hasta hoy, las penurias de la población civil, índices de mortalidad infantil espantosos y la amenaza cada vez mayor de una Tercera Guerra del Golfo... Ese es el costo cuando no se aparta oportunamente al tiranuelo del poder.
Tiranuelo también fue Alberto Fujimori en el Perú: llegó al poder de forma legítima después de ganar en segunda vuelta las elecciones, acabó con la hiperinflación, derrotó a la subversión comunista (Sendero Luminoso y Túpacamarus) y zanjó las diferencias fronterizas pluriseculares con el Ecuador; todos estos fueron, a no dudarlo, logros notables. Sin embargo, atentó contra el régimen constitucional vigente al disolver el congreso, maniató al poder judicial, fue responsable (conjuntamente con su alter ego Vladimiro Montesinos) de una red de corrupción que se extendió como un cáncer por todos los estamentos de la sociedad peruana, puso a sus peleles en los puestos claves de las fuerzas armadas asegurándose así su lealtad, intentó perpetuarse en el poder manipulando a su antojo la constitución que se había hecho a la medida para justificar su autogolpe. Al final, la presión popular y la pérdida de confianza por parte de las fuerzas de defensa del país andino, lo obligaron a dejar vergonzosamente el poder, renunciando vía fax.
En suma, un tiranuelo puede llegar al poder por vía electoral, pero no por eso gobernar siguiendo un patrón democrático; puede haber representado las aspiraciones legítimas de un pueblo, pero acarrear a su pueblo más pobreza y desesperanza; puede haber prometido acabar con la inseguridad y el hampa, pero propiciar la impunidad, la violencia política y delincuencial. El tiranuelo en su afán de protagonismo internacional puede concretar alianzas lesivas a los intereses del país o adoptar posturas de adalid de causas ajenas (frecuentemente perdidas) que enajenen la confianza de los inversionistas. El tiranuelo intentando afianzar su régimen, utilizará un discurso demagógico que atice las diferencias sociales y el odio de clases, medida tan irresponsable como estéril. El tiranuelo no dudará en dar prebendas a su círculo de colaboradores con el fin de comprar conciencias y asegurar lealtades, creando así un embudo de corrupción que se hace sentir en todos los niveles del país; tendrá un manejo de la economía caótico, pues utilizará las finanzas del país como quien dispone del monedero de la abuelita, dilapidando riquezas y a menudo tapando huecos fiscales con medidas que lindan con la confiscación y el expolio.
La principal amenaza contra tiranos y tiranuelos no radica en una oposición política (a menudo tan egoístamente pendiente de su porciúncula de poder) o de presión extranjera. No, el principal muro de contención es la Conciencia. En tanto se tenga la entereza de enfrentarse a régimen opresor, el régimen totalitario o autoritario se mantendrá tambaleante. Para tirano y tiranuelo, el terror no sólo es una herramienta que sirve para someter a la población: es el mecanismo que utiliza para aislar a la persona individual, separarla de su cadena de apoyo, marginarlo de la sociedad, es en suma el arma que utilizará para aplastar la resistencia moral ante “el proceso” o “la revolución”. Por eso, y retomando el hilo inicial, solamente se podrá derrotar a la tiranía apelando a ese sentimiento de libertad y dignidad heredado de los defensores de Maratón y Las Termópilas, dejando de lado los intereses particulares, las pérdidas económicas transitorias, las mezquindades políticas y los miedos que atenazan.
Caracas, 16 de Noviembre de 2002.
Por Pukel.
¡ Gente libre en una tierra libre ¡


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