DESDE MI PÚLPITO: Ding-dong, la Guerra Civil llama a su puerta....

Tal vez, y solo digo tal vez, si los viajeros
románticos del XIX en lugar de haber elegido España
hubiesen elegido Letonia o Rumelia, esa imagen de lo
“tipical spanish”, de toros, sangre y violencia que
ellos crearon casi de la nada, cogiendo lo que les
gustaba de aquí y cerrando los ojos ante lo que no les
"cautivaba" de allá, ahora, sencillamente, ni
existiría. O quién sabe, sin en lugar de atraerles lo
andaluz les hubiese atraído lo gallego, ahora
tendríamos fama de cazadores de hombres lobos,
marisqueros y bailadores de muñeiras.
Lo cierto es que cada país tiene el sambenito que los
demás le cuelgan, y el nuestro es el de un pueblo
violento, mediterráneo, sanguinario y temperamental,
lo cual, a veces es cierto, y a veces, las más, una
gilipollez del tamaño de la Giralda (¿qué coño tendrá
un gallego o un cántabro de fenicio o cartaginés?).
Los demás, y nosotros mismos, porque nosotros vamos
por el mundo y nos entra una sueca o una coreana al
grito de “espanioles, sangre, fuego, toros, valientes”
y a ver quién es el pintado que le dice ”no mire,
señorita, españoles: hipotecas, mileuristas, atascos,
trabajos basura”. Y cuando digo español lo digo en
género neutro, porque si la “entrada” es una chica de
Gerona y el entrador un noruego de metro noventa, la
tipa le jura por sus muertos que es más torera que
Manolete y que su padre, allí donde le ve, es el que
mató a mordiscos a Dato. Aunque sea en verdad votante
de ERC de toda la vida. Un polvo es un polvo. Y un
noruego, un noruego. Hasta para un nacionalista
frigidoperiférico.
Y es que lo curioso no es el típico tópico, sino que
nos lo creamos. Y, sobre todo, el cómo nos lo creemos.
Porque yo no sé si los suecos se creerán vikingos, los
griegos filósofos, o los belgas lo que quiera Dios que
se crean esas pobres gentes que son, pero los
españoles parece que sí, que nos lo tenemos pero que
muy creído. Y puede que no hayamos visto una corrida
de toros ni por la tele y que lo más cerca que hayamos
estado de un duelo a espada sea una vez que pasamos
por una cuchillería, eso da igual: nos creemos que
todos, hasta nosotros mismos, somos la reencarnación
misma de los dos desgraciados esos que Goya dibujó
machacándose a garrotazos.
Y claro, si nos creemos eso, lo del “guerracivilismo”
viene de oficio. Vamos, es que es oír decir que vienen
los rojos o los fascistas y todos nos echamos a
temblar. Pues habrá que subir al monte. Pues mira que
radicales estos. Pues estos otros tienen banderas de
Falange. Pues esto es la guerra…
Pero señores (género neutro de nuevo): ¿de qué cojones
de guerra civil me están hablando?. Alguien se ha
parado a pensar en serio en esa posibilidad. O, si
quiera, en la de un golpe militar. O un
pronunciamiento republicano. Pero de qué, hombre, de
qué. ¿Quién va a coger su fusil?, ¿acaso el chaval de
cierta consultora que trabaja ocho horas pagadas y dos
extras por la cara, con un sueldo de becario y las
responsabilidades de un ministro?. ¿Y qué estudiante
va a renunciar a su botellón de los sábados (jueves,
viernes) por subirse al monte?. Anda ya, hombre, anda
ya.
Pero es que ni ahora ni antes, oiga. Que es que ni
siquiera en los años de mayor agitación política del
siglo XX el PCE y la Falange sumaron en España unos
pocos centenares de miles de afiliados. ¡Juntos!.
Mientras países tan sesudos y sensatos como Alemania,
Francia e incluso Bélgica tenían un nazi en cada casa,
en España ni durante el primer gobierno de Franco hubo
más ministros falangistas (camisas viejas, se
entiende) que alfonsinos por poner un ejemplo.
Una cosa es que se manifiesten mil o cien mil con más
banderas que un desfile olímpico (ya sean banderas
preyanticonstitucionales de derechas o de izquierdas)
y otra, pero que muy diferente, que nadie, ninguno de
esos, sea capaz ni tenga la intención de pegar un
tiro. Vamos, que ni al aire.
En mayo llegaran las elecciones municipales y hasta
esa fecha vamos a ver como el clima va enrareciéndose
más y más. Después, los votos pondrán a cada uno en su
sitio. Y después, como quien no quiere la cosa, todo
volverá a su cauce. Y, si acaso, uno de los dos
partidos dará marcha atrás en algo. Si acaso, porque
no creo que vayamos a ver un vuelco espectacular y
todos se subirán al carro de la victoria. Y hasta otra
nueva.
El problema no está en los españoles, sino en sus dos
escleróticos partidos (PP y PSOE) que, incapaces de
solucionar nada, prefieren morderse y azuzar miedos,
como esos patéticos directivos de fútbol antes de los
clásicos. Y todo para luego, después del partido,
santas pascuas, hoy vinillo y mañana cochinillo. Y así
será mientras otros partidos no ocupen su lugar y les
pongan las peras al cuarto.
Pero si ni hay personas capaces de montar partidos
nuevos, como las va a haber capaces de montar guerras
nuevas. ¿Crispación?. La nuestra cuando nos llega la
nómina.
Hacedme caso, no os creáis tanta chorrada.
¿Yugoslavia?. ¿Y por qué no el planeta Júpiter?

Yo, Yuste