No sé quién dijo aquello de “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, pero hay que reconocer que, al menos aquel día, estuvo bastante sagaz. Nada como olvidar las salvajadas del pasado y sobretodo sus consecuencias, los baños de sangre, las lágrimas y las desgracias anejas, para volver a arriesgarse a probar una vez más si será cierto que a base de salvajadas se pueden solucionar nuestros problemas.
En el caso de los ciudadanos de España, olvidar el baño de sangre que se produjo durante nuestra última guerra civil y las continuas violaciones a la vida y a la libertad que prosiguieron durante los siguientes cuarenta años largos (¿quién dice que muerto Franco se acabó el franquismo?), podría ser un interesante primer paso para volver a destriparnos con la misma frialdad y saña.
Ahora bien, no olvidar la guerra civil no significa recordar únicamente la guerra civil. Entre 1800 y 2007 hemos tenido un buen montón de guerras que no convendría olvidar. Así, a bote pronto, una contra los franceses, otra contra las Repúblicas hermanas de América, otra contra los yanquees por Cuba, Filipinas etc, unas cuantas más contra Marruecos, y algunas más aún civiles, de españoles contra españoles, ya fueran carlistas contra liberales o republicanos contra nacionales. Y solo os hablo de doscientos siete años.
Bueno, pues a eso además hemos de sumarle, como otro buen punto a no olvidar, que hemos sufrido estragos terroristas de todo tipo: los causados por ETA, los GRAPO, el FRAP, o los causados por la Triple A, el GAL y demás organizaciones terroristas más o menos amparadas por el Estado. Que hemos sufrido torturas en nuestras cárceles, que hemos sufrido amenazas en nuestras calles por parte de “chicos de la gasolina” de muy diverso pelaje, y que para colmo en ninguno de ambos casos podemos aún poner las manos en el fuego porque esta frase se pueda únicamente escribir en pasado.
Recordar la guerra civil, la última, está muy bien, pero si no se saca de su contexto. Ni fue la única ni la mayor salvajada de los últimos doscientos años. A la primera guerra carlista o la guerra contra Napoleón me remito.
Igualmente malo, sino peor, es solo recordar de esta guerra lo que nos interesa. Durante cuarenta años Franco esto lo hizo de maravilla. Había sido una guerra entre españoles, pero unos habían sido los buenos y otros los rojos. La guerra había terminado sí, pero solo había paz para uno de los bandos.
Venir ahora a hacer justo lo contrario no es igual de malo, es peor aún. A fin de cuentas Franco era un dictador, y encima un protagonista como todos sus coetáneos de aquella tragedia (que él mismo había provocado en gran parte). Ahora sin embargo somos una democracia, y encima, de los que lucharon en aquella guerra, la inmensa mayoría tienen ya unas lilas del tamaño de secuoyas sobre sus tumbas.
Hablar de “demócratas” contra “fascistas” cuando entre esos demócratas (que los hubo y muchos) estaban los mismos estalinistas que asesinaron a Nin o Durruti es patético. Hablar de “fascistas” contra “demócratas” cuando entre esos fascistas (que los hubo, aunque no tantos como se cree) había monárquicos alfonsinos, reaccionarios carlistas, republicanos de toda la vida como Lerroux, derechistas moderados, e incluso subversivos republicanos del 14 de abril como Mola o masones como Cabanellas es de un reduccionismo estúpido.
Pero sobretodo, olvidar que la guerra llevó a los frentes a millones de españoles que estaban allí porque les tocó, porque en su pueblos ganaron los sublevados o los leales, porque les movilizaron por esas fechas o porque ya estaban haciendo la mili. Olvidar que esos pobres chavales no tenían más idea y sueños que encontrarse una mujer, comer, dormir, y que de pronto les obligaron a defender la España Eterna o la Voluntad Popular. Olvidar, en fin, que no fue una lucha entre el bien y el mal, sino entre unos pobres chicos movilizados por uno de los bandos y unos pobres chicos movilizados por el otro, es santificar la guerra, justificarla, ensalzarla.
Y ensalzar la guerra, aunque sea como medio legítimo para defender unos ideales, es condenar a las próximas generaciones a incluir entre sus posibilidades a la hora de solucionar un problema, la de destripar al vecino en el sagrado nombre de sus ideales.
Mirad, para eso, que se metan los histéricos de turno su memoria donde les quepa y más allá. El miliciano de la foto de arriba ya no volvió a ver el sol, y eso es lo único que cuenta.
Yuste, Admirado en la derrota


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