A comienzos del s. XIX, sin llegar a ser un Shangri-La de lujos y comodidades, lo cierto es que cualquier barco de las compañías navieras de la joven república de los EE.UU ofrecía unas condiciones laborales infinitamente mejores que las que se observaban en los buques británicos o españoles de la época. No era raro, por tanto, ver enrolados a marineros extranjeros, ingleses en su mayoría, en una proporción muy superior a la que se daba en flotas con otros pabellones.

Por otra parte la época, con Europa desangrándose por las guerras napoleónicas y sedienta de todo tipo de materias primas, suponía para estas compañías una enorme posibilidad para ganar dinero rápidamente. A cambio eso sí, de enfrentarse a un “pequeño” inconveniente: el bloqueo naval al que la armada británica sometía al continente, y especialmente a la Francia de Napoleón, la principal cliente de estos barcos.

Este bloqueo no se limitaba únicamente a la incautación de los bienes de los barcos que fuesen abordados tratando de romperlo, sino también al “secuestro” de sus tripulantes, en principio si eran de origen inglés. Desde hacia siglos la Armada podía hacer levas entre, en principio, los ociosos y los vagabundos, para completar las tripulaciones de sus barcos. Sin embargo, aplicando con suma laxitud esta norma, la Armada no dudaba en “reclutar” a todo aquel desprevenido que se cruzase en su camino, ya fuesen marineros recién llegados a puerto tras cumplir su servicio, obreros camino de sus oficios, y como no, marineros ingleses enrolados en barcos yanquis.

EE.UU. consideraba esto como una provocación, más aún cuando se sabía que para muchos capitanes británicos los marineros norteamericanos eran también “ingleses” y no dudaban en “secuestrarlos” igualmente. Sin embargo, los sucesivos presidentes que siguieron a Washington eran conscientes de que tenían todas las de perder si limpiaban su honor con una nueva guerra contra los británicos. E igualmente, los armadores de Nueva Inglaterra, dueños de la mayoría de las compañías navales, preferían mirar hacia otro lado y seguir arriesgando a contrabandear con los franceses que jugárselo al todo contra el todo enfrentándose a la armada más poderosa del mundo. Y si no, siempre tendrían tiempo de reinvertir sus beneficios en la naciente industria del país.

Sin embargo no todos los norteamericanos compartían esa visión pacifista. Varios políticos y militares, conocidos como los “halcones guerreros” aseguraban que había que darle una lección a los ingleses. Napoleón campaba a sus anchas por el viejo continente, y la guerra naval británica, aunque efectiva, resultaba terriblemente costosa. Era, creían, cuestión de meses que la Corona acabase derrotada o arruinada. Además aseguraban que con lo mal protegidas que estaban las ciudades del Canadá, apoderarse de ese inmenso territorio era cuestión de seis semanas.

Paralelamente, en Indiana, un jefe indio, Tecunseh, y su hijo, conscientes de que a base de alcohol y baratijas, los colonos yanquis estaban desposeyendo a su pueblo de sus tierras, planearon una estrategia para revertir esta situación. Eran conscientes de que la guerra era impensable, sin embargo, promovieron entre los suyos la abstinencia y fomentaron la idea de no vender a cualquier precio las tierras, logrando en poco tiempo que se estancara este proceso.

Alarmado, al gobernador del territorio, el general William Henry Harrison, no se le ocurrió mejor idea que mejor idea que “comprar” el territorio de caza de Tecunseh y tomar posesión de él al mando de una columna militar. Los nativos se opusieron, pero los hombres de Harrison, mucho mejor armados, provocaron una masacre entre sus filas. Para evitar las responsabilidades por este atropello, aseguró que los ingleses estaban detrás de todo y que los indios no eran sino sus marionetas.

Los ingleses eran inocentes, hoy lo sabemos, pero este bulo sumado a la simpatía que sentía la nación por Napoleón, que astutamente les había casi regalado años atrás la indenfendible Luisiana, y a la renuncia del pacifista Jefferson a presentarse a un tercer mandato, siendo sustituido por el más maleable Madison, provocó un clima de creciente belicosidad contra la antigua metrópoli. La gota que colmó el vaso de la paciencia yanqui fue el asalto británico del buque “Chesapeake”: el 18 de junio de 1812 los EE.UU. le declaraban formalmente la guerra al Reino Unido.

EE.UU contaba con todas las ventajas: más soldados en el terreno, un solo frente en el que luchar mientras los británicos aún estaban persiguiendo a los franceses por Europa, y unas ciudades mejor preparadas para defenderse de posibles contraataques que las que los ingleses tenían en el Canadá.

Sin embargo todo fue de mal en peor. Los soldados yanquis, tras los primeros éxitos, fueron rechazados a lo largo de todo el frente canadiense –de la costa a los Grandes Lagos- mientras la flota británica, salvo por algún contratiempo hábilmente publicitado, se hizo con el control de las aguas con total autoridad.

Y aún fueron a peor cuando Napoleón fue finalmente derrotado. Poco tiempo después, 5000 soldados fogueados en Europa desembarcaban cerca de la capital, Washington, y se encaminaban tranquilamente a ésta tras repeler la débil resistencia inicial. El gobierno en pleno abandonó la ciudad dejándola a expensas del enemigo que tardó minutos en tomarse cumplida venganza del incendio que había sufrido York –Toronto- y prendió fuego a todos los edificios significativos de la ciudad como la Casa Blanca o el Capitolio.

Una suerte similar correrían otras localidades costeras como Baltimore que fue bombardeada en septiembre. Precisamente allí, viendo ondear sobre las llamas la bandera de las barras y estrellas en el fuerte McHenry, se le ocurrió a Francis Scott Keys la letra del actual himno de los EEUU.

Desde luego una imagen evocadora para componer un himno, aunque no tanto para continuar una guerra. Finalmente, cautivos y desarmados como diría aquel, las autoridades norteamericanas se vieron obligadas a solicitar la paz, que se firmaría en el mes de diciembre de 1814 en Gante.

Hoy día en los EE.UU. y ya casi doscientos años después, las causas y las vicisitudes de esta guerra han sido prácticamente olvidadas o parcialmente maquilladas, hasta el punto de que son pocos los que conocen qué ocurrió durante la única guerra internacional que se ha librado en suelo norteamericano desde su independencia. Igualmente, los británicos, agradecidos por la ayuda yanqui en las dos últimas guerra mundiales, no suelen hacer mucho caso de aquella “spledid little war” contra “sus rebeldes” americanos.

Sin embargo lo que aún permanece vivo en los EE.UU., o más concretamente en el ideal de los americanos del medio oeste, es el sentimiento de que fueron ellos quienes, mejor o peor, sostuvieron el peso de la guerra, mientras los estados de Nueva Inglaterra optaban por una posición muy cercana a la traición.

Razón ésta tal vez por la cual cuando los europeos pensamos en algún objeto de los EE.UU. veamos una casita de esas que hay en Nueva Inglaterra, pero cuando pensamos en algún ciudadano de esta nación recurrimos a la imagen del típico campesino del Medio Oeste con su gorra de béisbol. Además, claro, de los indios y los vaqueros.

Ah, por cierto: la mentira con la que el famoso gobernador de Indiana ocultó su masacre y, de paso, avivó el fuego de la guerra contra los ingleses, como también pasó con la del Maine fue descubierta años más tarde. Eso sí, ya después de la muerte de este personaje. Razón por la cual siempre fue considerado, en vida, un heroe, hasta el punto de que un mes antes de su fallecimiento llegó a ser elegido presidente de los EE.UU.

Yo, Yuste