Un relato: La curiosa historia del soldado Ramelian
Había dos sitios libres en todo el “pub” (estaba yo entonces en tierras del sajón, así que espero se me disculpe el anglicismo). Uno quedaba junto a una rubia bastante pizpireta y el otro estaba al lado de un viejillo con una simpática cara parcialmente camuflada tras el oleaje de su pinta de cerveza.
Opte por sentarme junto al viejillo porque a la rubia le rodeaban varios armarios empotrados que de humano tenían el brillo de los ojos y de rapaces el resto de su apostura. Hay lugares y lugareños a los que mejor no tentar. Conque, entre anciano o susto, anciano.
Tal vez fuera por cómo me saludó, tal vez porque él estaba muerto de aburrimiento, o tal porque yo tenía que practicar mi inglés, comenzamos a hablar de esto y lo otro. Evidentemente esto eran las mujeres inglesas y lo otro las españolas. Hasta que, sin quererlo, me habló de las francesas que había conocido durante la Gran Guerra.
Craso error por su parte.
¿La Gran Guerra? -pregunté un tanto emocionado- ¿estuvo en ella?. Y sí, resultó que sí había estado en ella, del año 16 al día 11 del mes 11 a las 11 horas, me comentó radiante. Así es la historia: durante cuatro años millones de seres humanos se destriparon a mansalva, pero el pitido final del partido fue un encaje de bolillos pitagórico.
¿En las trincheras?. En las trincheras, sí. Y en los burdeles. No conocía Marsella o Burdeos, pero con la retahíla de nombres que me soltó podrían haberse escrito dos libros. Uno de grandes escenarios bélicos y otro de grandes escenarios lúdico-sexuales. Y así nos pasamos las siguientes dos horas, él hablándome como si fuera su nieto, y yo asombrándome como cuando mi abuelo me narraba su guerra civil.
Así, hasta que llegamos al soldado Ramelian, el hijo de un trotamundos armenio y una muchacha de Manchester.
Ramelian había estudiado con mi amigo, había jugado en su mismo equipo de fútbol amateur y, como no, se había alistado el mismo día para servir en la infantería. El Imperio y la Gloria, muchachos. Acabemos con esos “hunos” presuntuosos y cabezas cuadradas.
Lemas a parte, la idea que tenían por entonces los ingleses no era nada mala: un grupo de amigos combate mejor si se conocen de toda la vida que si hay que crear los lazos de camaradería ya debajo de las bombas. Así que, en lugar de poner a un chico de Manchester junto a dos de Londres y cinco de Bristol, lo que hicieron fue poner juntos a los amigos de un grupo de teatro, a los vecinos de una misma calle, o a los colegas de un equipo de críquet o, como fue el caso, a los de uno de fútbol.
Y la cosa funcionó bárbaramente al principio. El clima de compañerismo que existía entre aquellos soldados difícilmente se ha visto jamás y es muy poco probable que se pueda volver a ver. Pero el truco tenía una contra. Y la contra era despiadadamente salvaje.
Cuando el tercer batallón del Primero de Fusiles Galeses, por poner un ejemplo, saltaba la trinchera y se lanzaba a la carrera bajo fuego artillado contra un nido de ametralladoras alemán, por muy camaradas que fueran, perdía a tantos hombres como si se tratasen de chicos que jamás se hubiesen visto antes. Sin embargo, en lugar de morir un chico de Manchester, dos de Londres, en fin, ya sabéis… los que caían eran los once titulares del “Valiant F.C”, todos los chicos de la calle Victoria o la mitad del equipo de críquet del colegio King Eduard. Imaginad a los supervivientes del ataque. Imaginad una calle teñida de negro.
Pero en fin, esto se descubrió demasiado tarde y se reaccionó aún más lentamente. Desde luego después de que mi amigo, el soldado Ramelian y el resto de sus colegas hubiesen sido ya desplegados por entre el barro y las amapolas de la frontera franco-alemana. Y mirad, mal que bien, las primeras semanas, que siempre eran las peores, las pasaron todos juntos y sin grandes percances.
Y así les llegó su primer permiso. Y se fueron, claro, a uno de los innumerables lupanares cuyos nombres antes me había recitado.
Y en uno de ellos comenzó realmente todo.
Nadie se explica aún que narices pintaba una cíngara de esas que te leen las manos en medio de un burdel, pero allí estaba y a Ramelian le picó la curiosidad. No es que fuera un tipo muy arrojado, pero a base de sustos por lo visto había perdido el miedo, o gran parte, y no se le ocurrió preguntarle otra cosa a la buena pitonisa que cómo sería su funeral.
En las películas la música se hubiese parado de golpe y lumis y respetables parroquianos hubiesen mirado al interfecto como si del mismísimo hijo de satanás se tratase. Pero aquello era Francia, aquello era la guerra, y encima estaban lo suficientemente rodeados de corpiños y curvas como para prestar demasiada atención a tan díscola consulta.
La adivina lo miró, aún así, como quien mira a un fantasma, pero oyes, allá los vicios de cada cuál si los pagan. Tiró las cartas y se quedó muy asombrada. Un rey, le dijo, un rey acudirá a tu funeral. Y miles de personas. Y las princesas lloraran. Y el pueblo llorará. Solo tus amigos sonreirán.
A Ramelian la cosa le hizo gracia. Hasta eso de que sus amigos sonreirían. Pagó y se marchó tan campante. Y así, de una forma tan tonta y extravagante, empezó a forjarse el mito.
Al día siguiente tocó resaca, pero al siguiente, ya entre el barro y las ratas, Ramelian contó su historia a los demás. Muchos le llamaron loco por preguntar esas cosas, y los más, con mucha sorna, empezaron a llamarle “príncipe”. A ver sino porqué iba a llorar una princesa su perdida. Pero a Ramelian todas esas burlas le traían sin cuidado. Él sobreviviría y se casaría con una princesa.
A los días le siguieron las semanas y a estas la enésima ofensiva para lograr a victoria final. Ramelian había pasado este tiempo sin sufrir un rasguño, pero también era cierto que de su batallón el único que había muerto se lo había llevado la disentería. Así era la guerra, en unos sectores morían por millares y en otros hasta se podía dormir en paz.
La ofensiva, como siempre, empezó con una semana larga de fuego de artillería. Después, silbido, pie a la escalinata, rodilla al barro y a correr entre cráteres y lodo como conejos hasta llegar a las posiciones de los “hunos”. Lo de siempre, vamos.
Pero esta vez, novedad, o los alemanes habían traído unos cañones nuevos, o los tenían más cerca, o el diablo sabrá, el caso es que la ración de cañonazos les vino a llover justo en los primeros diez metros de carrera, cuando más juntos y apretados iban todos.
Cómo el cabo Ryan pudo verlo con la que les estaba cayendo fue todo un misterio, aunque él jurase por sus muertos que no mentía. El caso es que como tampoco era el único que lo afirmaba, hubo que creérselo. Por muy raro que sonase. Y es que no era para menos, ya que más de diez soldados, además del cabo, juraban haber visto como al pobre Ramelian le había caído a menos de dos pies un proyectil y no había pasado nada. ¿Nada?. Bueno, sí, había puesto perdidos de barro a Ramelian y a todos los que estaban a su lado, pero salvo por eso, nada. Ni rasguños siquiera. Desde luego nada parecido a un proyectil había estallado allí.
La bola había comenzado a rodar y al poco ya nadie la podía detener. Ramelian, a los tres días, había sobrevivido a dos proyectiles. A los seis había tomado un nido de ametralladoras a mordiscos. Y a los doce había pegado un tiro entre ceja y ceja al mismo Kaiser Guillermo.
La tropa, claro, no se creyó esto último. Y muchos dudan del mordisqueo del nido de ametralladoras. Pero algo hay que creer en determinadas ocasiones, y en aquella, en aquel infierno, tocó creer en Ramelian.
Desde ese día, que al final había resultado tan glorioso y tan cercano a la victoria como los anteriores, Ramelian se convirtió en el muchacho más célebre del sector. Precisamente ahora que ya nadie le llamaba “príncipe” podría pensarse que lo era en realidad por el trato que recibía de todos sus compañeros.
Hasta el punto de que el teniente dejó de mandarle de excursión a cortar alambradas, ya que los otros tres a los que les tocara acompañarle iban tan pegados a él que estaba claro que era más seguro mandar a un elefante con un cortaúñas que a esa amalgama de Ramelian rebozado en soldados. Sencillamente, pasaba turno cuando le tocaba a Ramelian.
Y durante seis meses Ramelian pasó por el frente como un verdadero príncipe. Ni un solo arañazo. Ni él, ni ninguno de sus camaradas. Y hasta había quien afirmaba que ni las pulgas osaban tocarle.
Hasta que llegó el día doce de marzo de 1918.
Ese día tocaba traer provisiones, y dado que la comida siempre ha sido sagrada y Ramelian era intocable, de nuevo le ordenaron a él ir a escoltar a la carreta de las provisiones. Ramelian iba encantado, claro. Todo lo que fuera ir en dirección opuesta a los alemanes era una bendición. Además el día era claro y limpio, ya de primavera. Así que partió.
Tan solo fue un silbido. Tal vez un artillero alemán aburrido. Una mancha volando sobre las cabezas de todos y una explosión unos metros tras sus nucas. Y luego solo humo y olor a pólvora y carne asada. Tan solo eso, olor, fue lo que quedó de la carreta de provisiones, sus dos conductores y, claro, el soldado Ramelian encargado de su escolta.
Aunque se buscaron restos, el impacto había sido tan directo que nadie vio nada mayor a una astilla, así que, cavaron una fosa allí cerca y, con mucho respeto, enterraron juntos los trocitos que encontraron del carro, los caballos y los tres hombres que en él iban.
Fue un duro golpe para todos, que duda cabe. Ramelian se había llegado a convertir en un mito, en una esperanza. Saber que ni él había resultado ser inmortal, aunque esto fuese lo lógico, sentó como una noche de cañonazos.
Pero al final la guerra llegó a su final, y mi amigo volvió a Manchester. Y no se podía quejar. De los quince que habían partido regresaban siete. Y, sonriendo, me comentó que aún dos seguían con vida a fecha de aquel día en el que ambos bebíamos cerveza. Aunque, eso sí, uno medio loco y el otro medio sordo.
Un día, tiempo después, oyeron que en Londres se celebraría un funeral de Estado por todos los caídos en la guerra. Habían dejado a tantos viejos amigos allí, que ninguno dudó un instante en tomar el tren y presentarse en la capital del Imperio por el que tanto habían sufrido.
La ciudad estaba impresionantemente engalanada para la ocasión, y por supuesto ni el rey ni ningún miembro de su familia habían osado faltar a la cita. Y en el centro de todo, en el centro de todos, un coche fúnebre que, decían, transportaba los restos de uno de tantos caídos en la guerra. Un anónimo, un desconocido, algo que nunca antes se había hecho porque nunca antes se había sufrido una guerra como aquella.
Y allí, en ese momento, mientras todo Londres lloraba a aquel soldado desconocido, “el viejo Rodney” golpeó suavemente el hombro de mi amigo y le dijo: “¿sabes quién va en ese coche?. Nuestro camarada Ramelian, no lo dudes”.
Y allí, mientras todo Londres lloraba a aquel soldado desconocido, los amigos de Ramelian sonrieron por su amigo.
Os cuento esto porque hoy le he escrito a aquel viejo amigo que me contó esta historia. Vive aún, con más de cien años, en un asilo del sur, y aunque ya no puede contestarme las felicitaciones navideñas, cuenta con una enfermera que lo hace por él y que me dice como le va. Y no le va mal, todo hay que decirlo. Y aunque nunca la he visto, espero que aquella enfermera se parezca a esas de las que hablamos aquella tarde en aquel “pub”.
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Yo, Yuste

